El debate de nadie contra nadie

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La noche estuvo marcada por la ausencia de Lenín Moreno. Guillermo Lasso recibió la mayor carga de ataques.
La noche estuvo marcada por la ausencia de Lenín Moreno. Guillermo Lasso recibió la mayor carga de ataques.

Un debate de metro cuadrado. Los siete candidatos que, con excepción del oficialista Lenín Moreno, se atrevieron a comparecer al primer encuentro presidencial, ayer por la noche en Guayaquil, reestrenaron una tradición política perdida en la última década. El óxido se dejó ver en una noche de discursos sordos.

Con la silla vacía de Moreno en el centro del escenario, su no presencia se volvió incómoda. Porque, aunque no estaba allí, estaba. No fue por su nombre propio, que demoró una hora y cincuenta minutos en aparecer, cuando el show se agotaba; tampoco en su rostro que asomó fugazmente de la mano de Patricio Zuquilanda (PSP) cuando subió a la tarima con una foto de Lenín para dejarla sobre la curul y poder así verle la cara; ni por el vídeo con sus declaraciones que se llevó un sonoro abucheo. No. Lenín Moreno, a quien Iván Espinel (FCS) bautizó como “el candidato ausente”, estaba allí con nombres ajenos: Correa, este Gobierno, la última década, las cifras oficiales; con culpas ajenas.

El sorteo que definió las posiciones sobre el escenario tuvo a bien mantener distantes a Guillermo Lasso (CREO) de Cynthia Viteri (PSC), que jugó ayer a desdoblarse entre la candidata-madre y la política incisiva, y tardó apenas 15 minutos en sacar el puño: acusó a Lasso de prometer un millón de empleos y representar a un banco que en los últimos años redujo en 10 % su personal. Si alguien la conoce tuvo que haberlo visto venir. Cuando Viteri toma notas del discurso ajeno, un hábito que hizo suyo en la Asamblea, está preparando el contraataque. O en esta ocasión, el ataque. La estrategia terminó por concederle tres espacios adicionales a su contrincante.

Lasso, de vuelta a la formalidad que había abandonado para los mítines electorales, no picó la subida de tono. En actitud presidencial evitó devolver el golpe: “Cynthia, tú no eres el enemigo”, le repitió en tres ocasiones, con voz calma. Hasta que, llevado al rincón bajo la acusación socialcristiana de “financista de este Gobierno”, devolvió el guiño: “Cynthia”, empezó, siempre por el nombre que delata su antigua afinidad, “yo me cansé de esperar a los políticos que rehuyeron de su deber. Por eso estoy aquí”, le reprochó.

En total, Lasso recibió nueve ataques directos e igual número de participaciones adicionales. “Parece que soy el favorito”, bromeó. Fue el único con opción a réplica ante acusación directa.

En medio de ambos, desfilaba un nadie contra nadie. El debate, moderado por la periodista Andrea Bernal, quien parecía más concentrada en cubrir las fallas técnicas de audio y de mantener bajo control a una audiencia con fervor de estadio, fue una cadena de propuestas estilo correcaminos, apuradas por el tiempo. Poco espacio hubo para la propuesta o siquiera para atender al tema. En más de una ocasión, Bernal tuvo que pedir que los candidatos se limitaran a responder la pregunta. No tuvo éxito.

En un debate de nadie contra nadie, todos van a su ritmo. Dalo Bucaram (FE) se permitía llamar a la calma a los candidatos que la perdían y se dio licencia para una broma cuando, durante su primera intervención, Cynthia Viteri remarcó “tengo fe” en una de sus declaraciones; Paco Moncayo, el único candidato que se mantuvo centrado en sus propuestas, fue también el único que evitó a toda costa el ataque directo o indirecto; Washington Pesántez no pudo siquiera abandonar el monotemático discurso de la justicia, su principal activo.

Fue un encuentro de salpicones. Salpicado de críticas por la corrupción “histórica”, por la administración pública llena de “despilfarro”, por desempleo, por libertades perdidas, por totalitarismo en el poder, por excesivo gasto público; por todos los temas que salían de la boca de un candidato y terminaban sin respuesta ni opción a réplica en el centro del escenario, en una silla vacía, en una falta de diálogo que ha prometido un cara a cara en 10 días.

Aliento. Grupos de simpatizantes de los candidatos tuvieron anoche una batalla aparte.
Aliento. Grupos de simpatizantes de los candidatos tuvieron anoche una batalla aparte.

Todos bajo un mismo techo… o casi todos. De diferentes banderas, ideologías. Algunos enfrentados en una papeleta electoral, pero eso no impide darse un estrechón de manos o saludarse de lejos.

Cinco grandes pantallas con la leyenda ‘Debate Presidencial’ guían a las decenas de asistentes en el salón A del Centro de Convenciones de Guayaquil a las 1.500 sillas dispuestas. Dentro, de a poco, cada asiento consigue un dueño. Las barras desde afuera alientan a sus candidatos. Asambleístas, concejales, dirigentes políticos y candidatos forman grupos.

Ocho atriles con el logotipo de la Cámara de Comercio de Guayaquil, organizador del debate, esperan a los candidatos. Tres llamadas previas por altoparlante alertan a los asistentes que el reloj está por marcar las 21:00. Una dama con un vestido negro aparece en la escena frente a todos. Es Andrea Bernal, la moderadora del evento. Da la bienvenida a las decenas de personas en el lugar y la palabra al presidente alterno de la Cámara, Miguel Ángel González.

Las pantallas inician la transmisión. Cada candidato que aparece en la introducción arranca más o menos aplausos de apoyo al momento de su ingreso al salón. Una guerra de barras desde los asientos entre quienes apoyan a la candidata Cynthia Viteri (PSC) y el postulante Guillermo Lasso (CREO-SUMA) mientras ellos y otros lanzan y responden acusaciones desde los micrófonos. Bernal no puede de momento controlar las barras que de a poco apaciguaron sus gritos. Así transcurre el primer debate de quienes aspiran al sillón presidencial… menos uno.

Fuente: Diario Expreso